Kong
Jueves, Octubre 30th, 2008 | Internacionales, Restaurantes
Veo que me he dejado de comentar una de nuestras visitas gastronómicas de la reciente escapada parisina. Se arregla rápido, ahí va:
En nuestra primera noche, después de sopesar diferentes opciones que llevábamos pensadas desde casa, decidimos descartar Pinxo (el local ‘B’ del gran Carré des Feuillants) y decantarnos por una cena en el ultramoderno Kong. El problema: íbamos sin reserva.
Después de un agradable paseo a orillas del Sena, entramos en el edificio de Kenzo y nos montamos en los ascensores acristalados en busca de los últimos dos pisos del edificio, en los que se ubica el restaurante fashion más de moda en París.
Diseños de Philippe Starck por doquier, pantallas de plasma en cada rincón, guapas camareras luciendo sus encantos, hologramas de geishas en el respaldo de las sillas y, lo mejor del local, la cúpula acristalada del ático, que permite disfrutar de las vistas del Pont-Neuf y del cielo parisino. Eso sí, el ático no es infinito y aquellos que no disponen de reserva, como nosotros, se han de conformar con el piso inferior, que también tiene sus vistas, pero desde ventanas tradicionales. Al menos, después de pedir un cambio de mesa, conseguimos una con ventana.
La carta es sencilla, directa y eficaz, con constantes guiños a la cocina oriental (tempuras, woks, salsas, sashimis…). Nosotros, ya que era la primera noche de nuestra escapada parisina, empezamos compartiendo una terrina de foie fresco, que si bien la calidad era la esperada, estaba demasiado frío y la textura se resintió muchísimo. Para maridarlo escogimos un Sauternes que, para nuestra sorpresa, no acabó de cuadrarle al camarero (nos dijo ‘¿ya saben que es un tipo de vino dulce?‘). No es que sea un gran especialista en vinos, pero el foie es uno de los maridajes clásicos de este gran vino, por lo que me temo que su asombro no dijo mucho en favor del nivel gastronómico del servicio.
Los segundos subieron el nivel inicial. Para mí, una buena ración de atún poêlé al curry que, aunque estuviera un puntito demasiado hecho para mi gusto, iba acompañada de un cuenco de puré de patatas que bien podría haber firmado el mismo Joël Robuchon. Y para mi partennaire, lo que resultó ser el plato de la noche, un fresquísimo bacalao con miso, que me hizo recordar -salvando las distancias- la genial creación de Nobu Matsuhisa que, con idénticos ingredientes protagonistas, disfrutamos este pasado agosto en el Nobu London.
Entre los platos que no pedimos, me apunto para la próxima visita las alcachofas con pimienta (en la mesa de al lado lucían lo suyo), los raviolis de pasta casera rellenos de gambas y cangrejo, un pato lacado del que hablan bastante bien, o un milhojas de crema creado por Pierre Hermé, que si mantiene el mismo nivel que en sus macarons, será sin duda el postre del lugar.
Cocina modesta pero resultona y precios asequibles, teniendo en cuenta que hablamos de un restaurante de París y que, además, está considerado como uno de los más chic entre la gente joven con bolsillo saneado.
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